Manel Zabala ha pasado la mayor parte de su vida en Santa Coloma de Gramenet, en las periferias de Barcelona, donde nació, porque «en Santa Coloma no hay clínicas». Es autor de Ieu sabi un conte... y Massa cafè , libros que lo han colocado como una revelación de la literatura catalana del nuevo siglo. Paella mixta reúne los mejores textos de ambos libros.
En su escritura arremete contra la gandulería y el fariseísmo de los intelectuales de «clase alta». Los protagonistas de los cuentos de Zabala son figuras de periferia, con poco pedigree cultural, que alcanzan un alto grado de sensibilidad y refinamiento. Mientras que sus historias más desgarradamente divertidas tienen siempre un matiz de melancolía, sus más violentas diatribas viran impensadamente hacia la ternura o la piedad.
La capacidad de saltar de un tema a otro, haciendo inesperadas conexiones, de mezclar referencias y establecer contrastes entre elementos de distintas tradiciones y niveles culturales, somete al lector a un estado de excitación permanente. A veces el mecanismo de composición recuerda al cadáver exquisito surrealista.
Zabala toma dos objetos vulgares —una carpeta y una chaqueta de piel ajada, un pino solitario y una estampita, un camarón y un muslo de conejo— y los combina en una historia que juguetea con lo inverosímil y, que a pesar de su excentricidad, siempre aguanta. Da rienda suelta a la imaginación, sin remilgos, con una desfachatez maravillosa.
Manel Zabala ha pasado la mayor parte de su vida en Santa Coloma de Gramenet, en las periferias de Barcelona, donde nació, porque «en Santa Coloma no hay clínicas». Es autor de Ieu sabi un conte... y Massa cafè , libros que lo han colocado como una revelación de la literatura catalana del nuevo siglo. Paella mixta reúne los mejores textos de ambos libros.
En su escritura arremete contra la gandulería y el fariseísmo de los intelectuales de «clase alta». Los protagonistas de los cuentos de Zabala son figuras de periferia, con poco pedigree cultural, que alcanzan un alto grado de sensibilidad y refinamiento. Mientras que sus historias más desgarradamente divertidas tienen siempre un matiz de melancolía, sus más violentas diatribas viran impensadamente hacia la ternura o la piedad.
La capacidad de saltar de un tema a otro, haciendo inesperadas conexiones, de mezclar referencias y establecer contrastes entre elementos de distintas tradiciones y niveles culturales, somete al lector a un estado de excitación permanente. A veces el mecanismo de composición recuerda al cadáver exquisito surrealista.
Zabala toma dos objetos vulgares —una carpeta y una chaqueta de piel ajada, un pino solitario y una estampita, un camarón y un muslo de conejo— y los combina en una historia que juguetea con lo inverosímil y, que a pesar de su excentricidad, siempre aguanta. Da rienda suelta a la imaginación, sin remilgos, con una desfachatez maravillosa.